Hoy día podemos dar por sentado que siempre se han utilizado las plantas para fines curativos. Puede que nuestros antepasados se limitaran a seguir sus instintos sin saber que estaban creando las primeras aplicaciones médicas al colocar hojas sobre heridas y al masticar frutos o raíces. Este tipo de medicina ha recibido un gran impulso no sólo gracias a ciertas influencias procedentes de otras culturas, sino también al redescubrimiento de la antigua sabiduría, casi olvidada, de nuestros antepasados.

La historia la crea quien la cuenta. En mi proceso de investigación me he encontrado con dos historias: la historia contada y la historia que pocas veces nos cuentan.

La historia contada

La historia contada parte de varios momentos y culturas que han llegado hasta occidente bajo el legado de médicos, historiadores, pensadores y otros hombres “cultos” de la historia. Haremos una breve introspección en las más significativas:

  • La India: El Ayurveda o la medicina de la “vida completa”

El Ayurveda evolucionó en la India entre los años 3.000 y 1.500 a.C. El primer texto médico “Charaka Samhita”, fue escrito por el gran gurú del Ayurveda Charaka en el Punjab de la India hacia el año 700 a.C. El “Charaka Samhita” contiene información extensa sobre la práctica de la medicina y el uso de las hierbas para el tratamiento. En las fuentes históricas se mencionan más de 3.000 plantas distintas utilizadas para fines médicos.

  • China: La Medicina Tradicional China

La ciencia farmacológica china se desarrolló a lo largo de un dilatado periodo de tiempo, independientemente de los principios del sistema médico de correspondencias sistemáticas. Se encuadra en la tradición del daoísmo, que, entre otras cosas, defiende la unidad del hombre con la naturaleza. Según la leyenda, esta ciencia se remonta al reinado de Shen Nong, que vivió en torno al año 220 a.C. Este gobernante estudio las aplicaciones médicas de varios cientos de hierbas. Recopiló sus conocimientos en un libro titulado Ben Lao, un compendio de 365 medicamentos que contiene información sobre las propiedades terapéuticas de las plantas. En gran parte se trata de hierbas, cortezas y raíces que aún hoy se emplean en la medicina tradicional china.

  • Babilonia: La Medicina de los Dioses

Los textos más antiguos sobre la práctica farmacéutica proceden de Mesopotamia, la cuna de nuestra civilización. Se han descubierto planchas de arcilla datadas hacia el año 2.600 a.C., que recogen textos médicos sobre diversas enfermedades. Gracias a estas fuentes conocemos ahora, entre otras cosas, las aplicaciones médicas del aceite de ciprés, la mirra, el regaliz y la adormidera.

  • Egipto: La Medicina de Toth

Los antiguos egipcios creían que su sabiduría médica procedía del dios de los médicos: Toth. Los rollos de papiro que se remontan al año 2400 a.C. demuestran que los egipcios ya dominaban técnicas médicas muy avanzadas. El “papiro de Ebers” y el “papiro de Smith” datan del año 1600 a.C. y se descubrieron a finales del s. XIX en Luxor. Una gran parte dedicados al diagnóstico y la terapia de enfermedades concretas. Gracias a estas fuentes sabemos que ya por entonces la población padecía reúma, cataratas y diversas enfermedades infecciosas. El “papiro de Ebers” describe en detalle la elaboración y aplicación de materias primas minerales y vegetales. Entre los 700 medicamentos se encuentran algunos cuyo ámbito de aplicación se ha conservado hasta nuestros días, p. ej. El ricino como laxante y la adormidera o el opio como analgésico y sedante.

  • Grecia: La Medicina de los Cuatro Elementos

Cuando en los papiros egipcios se habla de las plantas medicinales, se menciona la Historia de las Plantas de Teofrastos de Eresos como primera obra completa sobre plantas. Había que seleccionar las plantas medicinales que tuvieran las cualidades y efectos adecuados. Las cualidades de cada planta se dividían según fueran frías, calientes, húmedas y secas, y su efecto se clasificaba en tres o cuatro niveles. Teofrastos de Eresos realizó avances significativos en el estudio sistemático de la naturaleza. Anteriores a Teofrastos fueron los estudios de Hipócrates y Aristóteles, pero de ellos se han perdido casi todos sus escritos, de los que quedan algunos, como el “juramento hipocrático”. Grecia fue el primer paso hacia una medicina vinculada a las teorías científicas y las observaciones médicas sistemáticas. Si a esto sumamos la teoría de los cuatro elementos desarrollada por la filosofía griega y el concepto de que la salud dependía de un equilibrio de fuerzas, según Pitágoras; nos encontramos ante los primeros pasos de la fusión de la razón y la comprensión de los misterios de la naturaleza.

  • Roma. La Formulación Galénica o la Panacea

Plinio el Viejo recopiló varios trabajos exhaustivos dedicados al estudio de la naturaleza en la enciclopedia “Historia Naturalis”, que contiene numerosas instrucciones sobre la aplicación médica de las plantas. 

“Materia Médica” de Pedanios Dioscórides, un griego que servía como médico militar a las órdenes del emperador Nerón, comprende ilustraciones, descripciones y consejos sobre la utilización de cerca de 600 plantas. 

Galeno elaboraba recetas extremadamente complejas que incluían decenas de ingredientes. Sus métodos para mezclar, extraer y refinar drogas prevalecieron en la medicina occidental (formulación galénica).

  • Árabes y Persas. Aprovechar los Recursos y Avanzar: Alquimia

Los árabes asimilaron gran parte de la sabiduría greco-romana y la desarrollaron con sus propios preparados y plantas de origen persa, indio y chino. La disponibilidad de azúcar de caña dio lugar a nuevas formas y preparados basados en jarabes, confites y conservas; a esto se sumó la destilación de aceites esenciales, mezclas de vapores de agua y espíritus alcohólicos.

  • La Medicina Monástica. El legado del Imperio

Hacia el año 527 las funciones de hospital y farmacia, descansan en los monasterios, donde el cuidado de los enfermos prevalece sobre todas las obligaciones. Por motivos económicos, las hierbas medicinales se recogían en un primer momento de los campos y bosques cercanos, luego pasaron a cultivarse en los jardines de los propios monasterios. Un abad benedictino de Normandía elaboró, por orden del emperador Carlomagno, una lista con 73 plantas y 16 árboles que debían cultivarse y plantarse en todas las tierras. En el s. XI el monje Odo Magdunesis compuso el poema didáctico “De Viribus Herbarum”, en el que describe la aplicación médica de unas 60 plantas. Así las bibliotecas de los monasterios conservaron la antigua sabiduría médica y la desarrollaron; convirtiéndose en el “único” legado, para occidente de la medicina y la farmacopea.

  • La Medicina Académica en la Edad Media. Las Enciclopedias y Paracelso

Obviamente, el punto de partida de la medicina académica fue la medicina monástica. En el s. XI, el comerciante de platas y raíces, Constantino el Africano ingresó en la orden del monasterio de Montecassino, que fundó el hospital de Salerno. Constantino poseía conocimientos médicos y tradujo muchos textos del griego y el árabe al latín. Además, escribió su propio manual médico, el “Liber

 graduum”, que contenía la descripción de 209 plantas y minerales. La escuela de Salerno se convirtió en la primera universidad de medicina. A mediados del s. XII apareció una obra fundamental para la fitoterapia: “Circa instans”. En sus 270 monografías detalladas no sólo se describen las plantas sino también los medicamentos que derivan de ellas. Asimismo, esta obra contenía una relación de cualidades principales y los efectos de las plantas, sin olvidar ciertas instrucciones sobre aplicaciones concretas. A partir de los s. XIV y XV también aparecieron libros especializados en hierbas y medicamentos cuyo afán por abarcar todo el saber sobre esa materia, hizo que constaran de más de 600 capítulos. Entre ellos destaca el herbario “Leipzger Drogenkunde”, que, además de otros textos, incluye la única traducción completa al alemán de “Circa instans”. La teoría médica sufrió un estancamiento en el afán de recopilar todo el saber y la falta de comprensión del sistema galénico. Fue en el 1348 cuando la crisis provocada por la peste generó críticas sobre el sistema actual y la confianza en la medicina galénica se fue debilitando. Uno de los médicos que criticaron la concepción del mundo imperante en aquella época fue Paracelso, que estudió disciplinas tan diferentes como las leyes de las signaturas, la astrología y la química. Según las leyes de las signaturas, debido a la influencia de las estrellas o de Dios, las plantas contienen en su estructura ciertas indicaciones sobre su efecto médico. Esto puede manifestarse en su forma, color, textura, o a través de otras características externas. Según esto, las raíces rojas podían cortar las hemorragias y así podríamos seguir con multitud de ejemplos.

  • La Época del Barroco. El mundo vegetal

El s. XVI vivió un renacimiento de la fitoterapia caracterizado por la publicación de grandes herbarios, siguiendo el ejemplo de la obra “Gart der Gesungheit”. Bastantes autores alemanes se enfrascaron en esa tarea, teniendo por precepto el conocimiento riguroso de los distintos tipos y variedades que conformaban el reino vegetal. Sin embargo, no fue hasta el s. XVIII cuando el botánico sueco Carl von Linneo formuló la sistematización actualmente vigente del reino vegetal, según ciertas características específicas de sus órganos de reproducción.

  • La Época Colonial. Nuevas Raíces

Con la colonización de América en los s. XVII y XVIII, los antiguos remedios de los pueblos indios fueron introducidos en Europa, entre ellos la planta que ayudaba a curar la malaria y el escorbuto. Especialmente solicitada era la zarzaparrilla para el tratamiento de la sífilis (más eficaz y menos dañina que el 

mercurio). Los cuáqueros exportaban a todo el mundo toneladas de plantas y extractos secos, hasta que a finales del s. XIX sus actividades se paralizaron, debido al decreciente interés por los remedios naturales.

  • La Era Industrial. La Farmacia como Producción

A principios del s. XIX un farmacéutico alemán consiguió aislar la morfina como principio activo del opio. Con ello descubrió al mismo tiempo unas nuevas sustancias denominadas alcaloides. A éste, siguieron otros descubrimientos similares, lo que potenció el nacimiento de la nueva industria farmacológica. Las sustancias aisladas ofrecían la ventaja de poder contar con una calidad idéntica en todos los productos, una dosificación exacta y una disponibilidad continua. Con la difusión de los agentes activos aislados, en el s. XIX el interés general se centró casi por completo en plantas medicinales de potentes efectos (alcaloides y glucósidos cardiacos). Fue gracias a Sebastian 

Kneipp que las plantas curativas con efectos menos potentes se libraron de caer en el olvido.

La historia que pocas veces nos cuentan

La fitoterapia ha sido durante mucho tiempo un campo de búsqueda reservado a las mujeres. Las verdaderas brujas eran mucho más que las hechiceras amantes de Satán que la tradición nos ha hecho conocer: eran auténticas expertas en el mundo vegetal que ponían su conocimiento a disposición del pueblo. Para los pobres, estaban ellas con sus potingues misteriosos, que a menudo curaban o, por lo menos, cultivaban sueños de esperanza en los que sufrían. En 1590 la escocesa Gilly Duncan fue acusada de brujería porque, “había curado a todos aquellos que estaban turbados y afligidos por todo tipo de enfermedad”. En 1527, el mismo Paracelso quemó en Basilea los libros del saber oficial y no dudó en afirmar que todos sus conocimientos procedían de las brujas. Habían sido ellas las primeras en usar la digital para las enfermedades del corazón, y en aprender la dosis límite de las hierbas más peligrosas. Ellas habían empleado con conocimiento el estramonio como antiasmático y la belladona como antiespasmódico.

Las mujeres, por su innato poder de comunión con la Tierra, han sido las depositarias de este conocimiento, pero a ellas más que a nadie ha sido prohibido dedicarse abiertamente al arte de curar. La mujer sólo podía ser bruja, hechicera, comadrona, enfermera… ¡nunca sabía! Los únicos escritos sobre medicina por obra de una mujer que nos han llegado intactos son los de Hildegarda de Bingen, cuyo título de abadesa le sirvió de escudo contra todo tipo de sospecha. Muchas mujeres, conocedoras como ella de la naturaleza y sinceramente afectadas por el sufrimiento de su prójimo, no tuvieron igual destino, al no poderse avalar con la garantía de un traje monacal.

Que deciros de épocas más recientes: el huerto ha sido el botiquín de la casa durante muchos años, el lugar donde obtener los remedios para curar pequeños y grandes males. Este era un ámbito que pertenecía al ama de casa, que era quien atesoraba el saber de los ancestros transmitido por la tradición oral; de hecho, si la abuela aún vivía, era hacia ella a donde ésta se dirigía, pues tenía la “experiencia”, tan útil en este campo donde los casos que se presentan no son nunca exactamente iguales. Para ser rápida y eficaz, la matriarca del lugar elegía sus plantas en su propio huerto; su colección de plantas se iba enriqueciendo, y se completaba con las plantas silvestres que crecían abundantemente en los bosques y matorrales.

No puedo cerrar este apartado sin hacer hincapié en como la ciencia de la medicina ha elegido para sus profesionales el título exclusivo de “doctor” (del latín doctus, o sea sabio). Elección opuesta a la de la cultura nativa de los indios de Norteamérica, entre otras culturas y civilizaciones, que designan a la mujer que posee el talento de comunicarse con las amigas hierbas, como la Mujer de la Medicina.

Hay una capacidad instintiva en la persona que cuida, en acudir a las yerbas en busca de soluciones y remedios contra los males y el dolor. Así como nuestros Hermanos Animales acuden al reino vegetal para sanar sus dolencias, nosotros y nosotras podemos acudir a este bálsamo, en forma de manto que cubre la tierra, para aliviar nuestros dolores y recibir las energías sanadoras de nuestras Amigas las Yerbas.